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martes, 21 de agosto de 2007

Estrictamente Comercial


Estrictamente Comercial
Por Terry Gilliam

En el libreto de Strictly Commercial: The Best Of Frank Zappa
(Rykodisc RCD 40600, 1995)

Traducción de Román García Albertos

No importa cuánto se estropee mi cuerpo, he sido incapaz de deshacerme de una [shard] de mis recuerdos en particular que permanece firmemente atascado, ulcerando mi cerebro como resultado de Frank Zappa.
Era 1967. Yo acababa de dejar América por Ingleterra. Una tarde de otoño, paseando por Hyde Park, me tropecé con el representante de Frank al que conocía de mi vida anterior en Los Angeles. Los Mothers actuaban el Albert Hall la noche siguiente. ¿Que si quería verlos? Puedes apostar.
El Royal Albert Hall es un gran monumento victoriano... es todo rojo y dorado e incrustado con una decoración elaborada. Con sus palcos de tan buen gusto rodeando el enorme anfiteatro abovedado para mí representaba todo lo cultural, refinado y civilizado... el producto de generaciones de decentes ciudadanos británicos y sus graciosos regentes. Pero esa noche este orgulloso testimonio de la respetabilidad había sido usurpado por The Mothers of Invention... un circo de tres pistas peludo con Frank de maestro de ceremonias.
La banda rugía y trasteaba por el escenario. Lanzaban sus familiares y estruendosas canciones con Frank controlándolo todo con su tranquila y conocedora sonrisa.

El público, bajo los estándares americanos, estaba sometido y Frank parecía frustrado porque no conseguía levantarlos de sus asientos. Si estaba planeado o fue un inspirado acto de desesperación nunca lo sabré, pero de repente en mitad de una canción el teclista abandonó su torre de marfil y comenzó a trepar por encima de los altavoces y las demás pilas de equipo electrónico. Un murmullo expectante recorrió a la multitud. Por un momento desapareció, perdido en la oscuridad. Entonces un foco consiguió dar con él, una pequeña figura subiendo arriba y arriba, por la parte de atrás del auditorio, hacia la enorme montaña de tubos metálicos que formaban el gran órgano del Albert Hall. El público le animaba mientras Frank [cranked up] la banda. ¡Puedes hacerlo! ¡Trepa, bastardo! ¡Sí! ¡Sí! Con la masa coreando y aplaudiendo este Quasimodo musical llegó a la cima y se [plunked] en el teclado. Hubo un silencio momentáneo mientras se las arreglaba con los [stops]. Y entonces surgió el sonido más glorioso y monstruoso nunca escuchado... no... no era Elgar ni Bach, ni siquiera Saint-Saens...
Era una enorme y atronadora pedorreta musical. Estaba tocando "Louie, Louie" con el gran órgano victoriano. ¡Los bárbaros habían tomado posesión! Probablemente se sintió como el día en que descargaron la Hoz y el Martillo sobre el Palacio de Invierno. Las telarañas estaban siendo arrancadas. ¡Los iconoclastas reinaban! Era completamente tonto y maravilloso... y nos reímos y aplaudimos y la tranquila y conocedora sonrisa de Frank se amplió ligeramente.

Decidí que merecía la pena quedarse en Inglaterra.
Cuando había que sacrificar vacas sagradas con una precisión musical tan cruda, y aún así tan perfecta, no había nadie mejor que Frank.

Me pregunto qué canciones les estará enseñando a los ángeles ahora mismo.

¡Buena suerte, Dios!

Esta vez tienes las manos llenas.